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Al encuentro del naturalista Manuel Martínez de la Escalera (1867-1949)

27/02/2012

Hablar de Historia Natural en el cambio del siglo XIX al XX nos conduce a hablar de una figura poco conocida en relación a sus méritos: Manuel Martínez de la Escalera. Este explorador y científico estuvo estrechamente vinculado durante más de 50 años al Museo Nacional de Ciencias Naturales. Dos investigadoras de esta institución, Carolina Martín e Isabel Izquierdo, han acometido la ingente tarea de rescatar su memoria y poner en valor su extraordinaria obra.

 

 

A lo largo de 30 capítulos, en los que han participado 38 autores, se ofrece la semblanza de uno de nuestros naturalistas más ilustres y se aquilata su obra. Porque uno de los aspectos más atrayentes de este personaje es la diversidad de sus intereses, que van más allá de su pasión viajera y su fascinación por el mundo de los insectos: es una persona muy culta, que conoce muy bien la naturaleza y el ambiente físico y humano de los territorios en los que trabaja.

 

Sin embargo, la carencia de un perfil académico adecuado, ya que cursó estudios de Derecho por decisión paterna, condicionó negativamente su carrera profesional en el mundo de la ciencia, a la que se dedicó de forma amateur. Supo encontrar como naturalista, una alternativa vital para sobrevivir y seguir desarrollando su afán por los insectos, y muy especialmente por los escarabajos. Sus viajes y expediciones en las que recolectaba insectos y otros grupos de animales le permitieron reunir colecciones muy valiosas que luego vendía a casas comerciales y museos europeos. No fue hasta 1932 -con 65 años- cuando consiguió una plaza de Entomólogo Agregado en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, aunque con un nivel inferior al de otros investigadores.

 

La inestabilidad profesional y económica, junto con las azarosas circunstancias de un período políticamente tan convulso para España y el norte de África como fueron las postrimerías del siglo XIX y el comienzo del siglo XX, no menguaron la fecundidad de su quehacer científico. Éste se traduce en 156 publicaciones, de las cuales la más destacada Los coleópteros de Marruecos, publicada en 1914, fue referencia obligada para los entomólogos de la época y aquellos que vinieron después.

 

Sus dos primeras publicaciones científicas versaban sobre escarabajos cavernícolas; ya se vislumbraba su pasión por los coleópteros. La profunda dedicación a sus trabajos faunísticos le permitió estudiar miles de taxones y describir 862 especies de 21 familias de coleópteros. Si bien se especializó en la familia tenebriónidos, también estudió otros grupos: describió más del 40% de las especies y casi el 20% de los géneros de meloidos (cantáridas y aceiteras) conocidos de su época.


Si hubiera que resaltar dos aspectos de su labor científica, habría que señalar cómo utilizó criterios taxonómicos avanzados para la época -más allá de los rasgos morfológicos maneja conceptos evolutivos y biogeográficos- y su asombroso trabajo de campo, que le permitió la captura de un volumen colosal de especímenes. Resulta curioso que un paradigma de colector, como lo fue Manuel Martínez de la Escalera, se refiera a los que él considera coleccionistas sin objetivo científico como "bibliotecarios de insectos". Y es que su visión evolutiva de los seres vivos impregnó gran parte de su obra.


Pero más allá de su talento científico hay que admirar su excepcional capacidad como explorador y naturalista que, añadida al prestigio del que gozaba entre sus colegas, posibilitó su destacada participación en expediciones promovidas por diversas instituciones, a las que habría que añadir las acometidas por su cuenta y riesgo. De esta suerte, sus excursiones entomológicas por el territorio peninsular se inician en 1885, a los 18 años, para después emprender un durísimo periplo para recolectar ejemplares de insectos en Anatolia, Siria, Mesopotamia e Irán (1898-1902); continuar con sus viajes a la Guinea española; una Misión en Canarias (1921) y distintas expediciones al noroeste de África (1905-1935).


El patrimonio científico de Martínez de la Escalera es sorprendente, especialmente en cuanto se refiere a insectos, y muy especialmente a coleópteros. Entre los materiales que recolectó y que se conservan en el Museo Nacional de Ciencias Naturales aparecen numerosas series de ejemplares que el autor consideró como pertenecientes a especies nuevas, a las que dio nombre aunque nunca las llegó a describir. Pero su legado también abarca otros grupos: Angel Cabrera -eminente zoólogo español- utilizó ejemplares capturados por los Martínez de la Escalera para describir nuevas especies de mamíferos de Guinea, Marruecos e Irán; hay que mencionar la notable colección de hongos y plantas de Persia y Mesopotamia; así como los miles de ejemplares de distintos grupos de invertebrados y vertebrados, y la colección etnográfica que se conserva en el Museo Nacional de Antropología de Madrid.


Pocos temas escapaban a la curiosidad de este viajero infatigable, cuya perspicacia se aprecia en los amenos relatos de sus aventuras. Como cuando en uno de sus viajes a Guinea Ecuatorial le llama la atención la situación de la mujer en la cultura Fang, comentando que aunque es propiedad del hombre, una vez comprada a su padre es dueña de su trabajo y tiene sus derechos a diferencia de la europea que no ha llegado a ser considerada como igual al hombre. También se interesa por la apicultura y por la biología marina. Por otra parte, su profunda vocación por la Historia Natural se traslada a una serie de folletos de divulgación sobre la vida de los insectos, en los que en un lenguaje popular reconstruye los ciclos biológicos de estos organismos ayudándose de ilustraciones de ejemplares montados y otros materiales -plantas, nidos, panales, etc.- que facilitan la comprensión de su historia vital.


Como cualquier ser humano su figura tiene sus luces y sus sombras, tal y como queda plasmado en la valoración negativa de los materiales del Museo de Barcelona colectados durante la expedición que realizó en el año 1919 a Guinea Ecuatorial. Algo de su personalidad se adivina en el estudio grafológico realizado sobre dos cartas dirigidas al entonces director del Museo Nacional de Ciencias Naturales, Ignacio Bolívar, que cierra este volumen.


Sin embargo, por encima de cualquier otra consideración, nadie puede negar que Manuel Martínez de la Escalera fue un investigador riguroso y con espíritu crítico, con un gran conocimiento de la biología de los grupos que estudió y una percepción evolutiva muy avanzada para su tiempo. Su reconocimiento por la comunidad científica se pone de manifiesto en los 153 taxones (4 géneros, 135 especies y 4 categorías subespecíficas), que les han sido dedicados prácticamente sin interrupción durante más de cien años, desde 1894 hasta 2008, a los Martínez de la Escalera -incluidos su hermano Fernando y su hijo homónimo- aunque la gran mayoría se refieren fundamentalmente a Manuel, nuestro protagonista.


De algún modo, esta excelente monografía minimiza el olvido por parte de la ciencia oficial de uno de los naturalistas más sobresalientes del cambio de siglo. El DVD que la acompaña aumenta sensiblemente su valor al aportar abundante información inédita sobre su obra.

 

Referencia bibliográfica:
Martín Albaladejo, C. e Izquierdo Moya, I. (eds.). 2011. Al encuentro del naturalista Manuel Martínez de la Escalera (1867-1949). Monografía del Museo Nacional de Ciencias Naturales. CSIC, Madrid.

 

 

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