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Los primeros homininos. Paleontología humana

28/09/2015

Pocos temas resultan tan atractivos como el que aborda en este libro el paleoantropólogo Antonio Rosas, del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Indagando en las raíces evolutivas de los humanos, intenta esclarecer cómo era el último antepasado que compartimos con los chimpancés y cuál fue su evolución hasta llegar al género Homo. Su talento comunicativo facilita enormemente la comprensión de este apasionante pero enrevesado capítulo de nuestra historia evolutiva.

 

¿Qué es un fósil humano? ¿Cuál es la diferencia entre la paleoantropología y la paleontología humana? ¿Los humanos somos homínidos u homininos? ¿Cuál es la especie más antigua del género Homo? ¿Cuáles son los rasgos que definen el linaje humano? Éstas y otras muchas preguntas surgen de la lectura de este libro y en él encontramos respuestas.


Los primeros fósiles humanos se descubrieron en el siglo XIX, pero ha sido en las tres últimas décadas cuando el registro fósil ha aumentado de forma espectacular. Aún así, el número de fósiles es escaso cuando se compara con el número de especialistas, lo que confiere a la paleontología humana una dimensión muy personalista. Quizás ninguna otra disciplina represente tan bien el paradigma de la ciencia con todo su bagaje de incertidumbre. Cada fósil que aparece permite afianzar el conocimiento que tenemos sobre el origen del hombre, pero al mismo tiempo puede abrir alguna puerta o mostrar algún resquicio que exija reinterpretar nuestro saber actual.


Cuando se analiza el registro fósil se aprecia que los caracteres que conforman el cuerpo humano han aparecido en distintos momentos de nuestra historia evolutiva, lo que se conoce como evolución en mosaico. Por ejemplo, nuestra mano es muy primitiva, heredada de antepasados primates de más de 20 ma. Comparativamente, la marcha bípeda y la forma de la cadera y extremidades inferiores son mucho más modernas, en torno a 4 ma. El cerebro, sin embargo, sólo ha adquirido un gran volumen durante la evolución del género Homo, en los últimos 2 ma.


La taxonomía tradicional, con una base eminentemente morfológica, separaba los primates en dos familias: póngidos (chimpancés, gorilas y orangutanes) y homínidos (con una especie viva, Homo sapiens). A finales del siglo pasado, las nuevas técnicas moleculares y la sistemática filogenética demostraron que los chimpancés (género Pan) y los gorilas (género Gorilla) estaban más próximos evolutivamente al hombre (género Homo) que el orangután (género Pongo), por lo que se modificó la clasificación taxonómica. Así, en la superfamilia Hominoidea, integrada por los simios o monos antropomorfos se distinguían dos familias vivas: los hilobátidos (gibones, género Hylobates) y los homínidos (Pongo+Gorilla+Pan+Homo). Dentro de los homínidos se definieron dos subfamilias: Ponginae (orangutanes) y Homininae (chimpancés, gorilas y humanos). A su vez, la subfamilia Homininae se dividió en tres tribus: Gorillini, Panini y Hominini. Finalmente, en la tribu Hominini (los homininos) se incluyeron los géneros Ardipithecus, Australophitecus, Paranthropus y Homo (humanos).


Aunque algunos autores no comparten esta clasificación, Antonio Rosas la sigue en esta obra. De acuerdo con ella, un hominino es cualquier organismo, vivo o extinto, que está evolutivamente más próximo al ser humano (Homo sapiens) que al chimpancé (Pan troglodytes), cuyos linajes se separaron hace 7-5 ma. Este hecho tiene una especial trascendencia, ya que si bien descendemos de antepasados primates, no provenimos de ninguna especie de mono actualmente viva. Los chimpancés son nuestros hermanos evolutivos y únicamente compartimos un antepasado, que habitó en las selvas africanas del Mioceno.


Encontrar el último antepasado común de chimpancés y humanos es una de los grandes retos de la paleontología para entender la singularidad del linaje humano. El descubrimiento de la gran similitud (98-99%) entre los géneros Homo y Pan llevó a pensar que este antepasado fuera un simio parecido al chimpancé. A ello también contribuyó el hecho de que los chimpancés han cambiado muy poco desde que se separaron de los humanos hace 7-5 ma, así como la presencia en los Australopithecus más antiguos de rasgos similares a los chimpancés. A diferencia de estos últimos, los homininos habríamos experimentado cambios muy importantes tanto en el cuerpo como en el comportamiento.


Aunque la paleontología humana en sentido estricto se centra en el estudio de los homininos, con lo que situaríamos el umbral en unos 6 ma, comprender la evolución humana exige retroceder hasta el Mioceno, unos 23 ma atrás. Para ello, Rosas nos traslada a las selvas tropicales de África y la península arábiga de aquella época, en la que los simios eran muy abundantes y estaban ampliamente distribuidos, y nos relata la diversificación en especies y su expansión a lo largo de Eurasia y durante un período de unos 18 ma.


Del estudio de estos hominoideos se concluye que los cambios que se producen en el cuerpo siguen un modelo de evolución en mosaico: en primer lugar se pierde la cola, después se adquiere la postura erguida y finalmente se alcanza la suspensión, y tal vez el bipedismo. Reconstruir el pasado no resulta fácil porque aunque muchos de los caracteres compartidos lo son por herencia, otros rasgos no son heredados sino que han surgido por homoplasia o convergencia. Un buen ejemplo de ello es el comportamiento suspensor, ya que la suspensión bajo ramas ha evolucionado de forma independiente varias veces.


El primer hominino en el que hay total consenso es Australopithecus anamensis, que vivió hace 4,2 ma en Etiopía. Sin embargo, existen otros hipotéticos homininos que serían más antiguos. Es el caso de Sahelanthropus tchadensis, del que aparecieron restos de una mandíbula y dientes de 6-7 ma en el Chad, y que podría ser el hominino más antiguo. El descubrimiento de nuevos fósiles del género Ardipithecus, unos posibles homininos de 5,8-4,4 ma, ha supuesto una revolución en el campo de la paleontología humana ya que su anatomía revela que el comienzo del bipedismo, tienen un origen arbóreo sin haber pasado por una fase terrestre.


El género Homo tiene sus raíces en los australopitecinos, un grupo de especies muy variable datados entre 4,2 y 2 ma, que se distribuían exclusivamente por África. Eran fundamentalmente bípedos, como muestran las conocidas huellas de Laetoli (Tanzania); precisamente Australopithecus y Homo son los únicos primates cuyo dedo gordo del pie está en un mismo plano, por lo que no es oponible. La filogenia de los australopecinos es difícil de establecer. Coincidiendo con un cambio climático intenso hace 2,5 ma, aparecen dos nuevos fenotipos, que se diferencian en dos nuevos géneros: Homo y Paranthropus. Los parantropos son unos homininos robustos distribuidos por el este y sur de África hace 2-1,5 ma, cuyas relaciones filogenéticas también son confusas.


En la década de los sesenta los paleontólogos Louis y Mary Leakey buscaban al autor de unas herramientas de piedra muy antiguas que habían hallado en la garganta de Olduvai, en Tanzania. Finalmente lo encontraron: Homo habilis, con 1,75 ma de antigüedad, era una nueva especie que respondía a tres de los criterios para adjudicarlo al género Homo, como eran la postura erguida, la locomoción bípeda y la destreza manual para fabricar instrumentos; lo único que no cumplía era el tamaño cerebral (680 cm3), inferior a los 700-800 cm3 establecidos en aquella época. Pero existe una especie más antigua con las características del género que es Homo rudolfensis, datada entre 2,4-1,6 ma, cuyo encéfalo era mayor (750 cm3).


Lo cierto es que el origen del género Homo sigue siendo un misterio para los paleontólogos humanos, aunque sobre lo que no hay ninguna duda es que Australopithecus es el sustrato del que surgió. Antonio Rosas nos guía por este complejo proceso que es la evolución humana antes de la aparición del género Homo, reconstruyendo pacientemente ese frondoso árbol que acoge a múltiples géneros y especies. Esta obra también pondera el valor de la paleontología, ya que sin el descubrimiento de los fósiles hoy no conoceríamos aspectos claves de la evolución humana ni los escenarios en los que tuvo lugar.


Referencia bibliográfica:


Rosas, A. 2015. Los primeros homininos. Paleontología humana. Ed. CSIC y Catarata, Madrid.

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