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Siguiendo el rastro del elefante de Seba

09/09/2019

El feto completo conservado en etanol de la colección de Albertus Seba es un elefante africano y no un elefante asiático como se pensaba. Han tenido que pasar más de trescientos años para resolver este dilema, combinando la tecnología de vanguardia y la literatura histórica. Aunque actualmente no tenemos problemas para distinguir a los elefantes asiáticos y africanos, es muy importante definir un marco de referencia preciso para nombrar una especie, y así evitar confusiones en el futuro. El Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) conserva en el archivo una calcografía iluminada del feto del elefante, que perteneció a la colección del naturalista holandés Johannes le Francq van Berkheij.

 

Albertus Seba (1665-1736) creó uno de los gabinetes de curiosidades más notables de los Países Bajos. Su colección era lo suficientemente grande y variada como para atraer la atención del zar Pedro el Grande, que se la compró en 1717. Después Seba inició una nueva colección, aún más grande, que contenía un feto de elefante, que vio el naturalista sueco Carl Linneo (1707-1778) cuando le visitó en 1735. Esta fabulosa colección constituyó la base de su gran proyecto, el Tesauro: uno de los libros de historia natural más bellos que existen. Los dos primeros volúmenes se publicaron en Amsterdam en 1734 y 1735, el tercero y el cuarto tuvieron que esperar a 1759 y 1765, después de su muerte, y para poder editarlos tuvo que subastarse la colección en 1752. Hoy en día el material se encuentra diseminado por los principales museos europeos.


Cuando Seba pensaba que el primer volumen del Tesauro, que incluía la mayoría de los mamíferos, ya estaba completo con el grabado del elefante, los directores de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales le invitaron a ver el feto de un elefante que tenían en su oficina central en Amsterdam. Este espécimen fue una de sus últimas adquisiciones; lo dibujó, a tamaño natural, y agregó la descripción y la ilustración a las de los otros cuadrúpedos del gabinete. La mayoría de los dibujos se hicieron de una manera muy meticulosa. El feto del elefante se ilustra claramente en el primer volumen del Tesauro, y en el catálogo de la subasta se registra como originario de África.


Tras la subasta, el feto pasó a formar parte de la colección del soberano sueco Adolf Frederik. Permaneció en el Palacio de Drottningholm desde 1773 hasta 1801, cuando fue trasladado a la Real Academia Sueca de Ciencias en Estocolmo junto con otros muchos especímenes conservados en alcohol de la colección de Linneo. Actualmente, se conserva en el Museo de Historia Natural de Estocolmo y la procedencia del espécimen (NRM 532062) está acreditada en los inventarios del museo.


Linneo había animado al rey sueco a comprar el feto del elefante, por lo que apenas pudo contener su entusiasmo cuando se enteró de su adquisición. En 1753 escribía a su amigo Abraham Bäck, un médico y naturalista sueco: "Me alegra que el pequeño elefante haya llegado. Aunque haya costado mucho, valió la pena. Ciertamente es tan raro como un diamante".


Conviene señalar que, al igual que sus predecesores, el científico sueco no distinguía entre elefantes asiáticos y africanos; es más, durante mucho tiempo se consideró que el elefante africano, descrito a finales del siglo XVIII, era una sola especie. Solo recientemente, algunos estudios morfológicos y el análisis de ADN nuclear han permitido clasificarlos como dos especies distintas: elefante de sabana (Loxodonta africana) y elefante de bosque (Loxodonta cyclotis).


En aquella época pocos europeos habían visto un elefante y no resulta extraño que Linneo estuviera deseando incluir este magnífico animal en una de sus principales obras, Systema Naturae, un nuevo sistema de clasificación para todos los seres vivos. El botánico sueco concibió la nomenclatura binominal para animales y plantas, por la que cada especie tiene un nombre científico universal, formado por dos palabras en latín, lo que permitía que los científicos pudiesen compartir con facilidad sus trabajos. El libro se convirtió en un best seller de la época, pasando de las once páginas en la primera edición (1735) a las 3.000 de la decimotercera y última edición (1770). En 1758 se publicó la décima edición, que representa el punto de partida de la nomenclatura zoológica.


Para describir la especie Linneo se sirvió de diversas fuentes. Entre las iconográficas hay que mencionar la figura del naturalista suizo Conrad Gesner (1551), que había reproducido el naturalista italiano Ulisse Aldrovandi (1616); ambas figuras representan, muy probablemente, un elefante africano. Por otra parte, Linneo utilizó las ilustraciones del naturalista polaco John Jonston (1650); sin embargo, éstas corresponden a un elefante asiático, lo que sugiere que Elephas maximus tendría una serie tipo compuesta, ya que se incluían dos especies distintas. En su descripción también citó un artículo sobre la domesticación de elefantes en Ceilán (1702), señalando como hábitat Zeylonae paludosis, que significa zonas húmedas de Ceilán. El zoólogo británico Oldfield Thomas citaría en 1911 a Ceilán, actual Sri Lanka, como localidad tipo del elefante asiático.


Aunque Linneo creía que los elefantes se originaron en el sur de Asia, es probable que también tuviese conocimiento de su presencia en el continente africano. Además, estaba al tanto de la existencia de otros especímenes, incluidos algunos dientes y un esqueleto de elefante que había sido descrito en Florencia por el naturalista inglés John Ray (1627-1705), uno de los primeros científicos que entendió la necesidad de dar nombres científicos a los organismos. Ray publicó en 1693 un libro donde describe detalladamente un esqueleto de elefante que había observado durante su visita a Florencia en 1664.


Finalmente, el feto de elefante de Seba sirvió de arquetipo a Linneo para describir al elefante asiático Elephas maximus. Sin embargo, después de su traslado en 1801 a la Real Academia Sueca de Ciencias en Estocolmo, algunos conservadores empezaron a preguntarse si el ejemplar no estaría mal etiquetado, dada su semejanza con el elefante africano.


Tres siglos después de la primera descripción del elefante publicada por Ray y 255 años después de la denominación de la especie por Linneo, una investigación de la Universidad de Copenhague que ha combinado la secuenciación de proteínas y ADN antiguos con la recopilación de literatura histórica, ha permitido resolver las inconsistencias que había en la nomenclatura. No era tarea fácil, ya que más de trescientos años en alcohol podrían haber destruido la mayor parte del ADN del elefante, pero el hecho de que el feto siguiese existiendo indicaba que otras moléculas, como las proteínas, tenían que estar intactas.


Una inspección preliminar del feto sugería que podía asignarse a Loxodonta, basándose en las orejas relativamente grandes y en dos protuberancias similares a dedos en el extremo de la trompa. Además, se tomaron imágenes de rayos X para contar el número de costillas y vértebras torácicas, lumbares y caudales, ya que el número difiere entre los elefantes africanos y asiáticos. Sin embargo, debido al desarrollo incompleto del animal no se pudieron distinguir bien todos estos huesos.


A continuación, los científicos se propusieron secuenciar el ADN con la tecnología de secuenciación más avanzada en ese momento, pero fue un intento fallido por lo que decidieron extraer proteínas del feto del elefante, por si hallaban alguna que difiriese entre los elefantes asiáticos y los africanos. Y hubo suerte: en un fragmento del esófago, encontraron una proteína diferente, en un solo aminoácido, entre las dos especies. La proteína era una porción del complejo de hemoglobina que transporta oxígeno en los glóbulos rojos. En los elefantes asiáticos, el aminoácido es el aspartato, mientras que en los elefantes africanos es el glutamato. Las pruebas confirmaron que el elefante de Linneo codificó glutamato. No cabía duda, el feto de Seba correspondía a un elefante africano.


Por otra parte, una revisión minuciosa de las referencias citadas por Linneo, permitió confirmar que el esqueleto de elefante descrito por John Ray forma parte de la colección del Museo de Historia Natural de Florencia, donde se exhibe al público, y tanto el análisis morfológico como el molecular, corroboraron que se trataba de un elefante asiático.


Según las reglas de la Comisión Internacional de Nomenclatura Zoológica para fijar un nuevo espécimen tipo, los autores del estudio tenían que: primero, considerar cualquier otro ejemplar citado en la descripción del elefante en Systema Naturae, o bien, un espécimen que hubiese visto Linneo. Por tanto, para preservar la aplicación del nombre al elefante asiático, los científicos han designado como lectotipo de Elephas maximus Linnaeus, 1758, al esqueleto de elefante en Florencia (MZUF-734), ya que, además de formar parte de la serie tipo, está casi completo, lo que lo convierte en un espécimen adecuado para llevar el nombre de la especie.


La lámina del feto del elefante, que hoy se conserva en el MNCN, forma parte de la magnífica colección iconográfica de ciencias naturales que reunió el naturalista holandés Johannes le Francq van Berkheij (1729-1812), quien deseaba reunir en su colección el mayor número de especies posible, ya que ambicionaba tener representadas las "especies" de Linneo. Hay que recordar que se trata de una época en la que la ilustración científica era esencial para el florecimiento de la historia natural.


Referencias bibliográficas:


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