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Historia del Museo

Segunda época (1815-1900)

Megatherium

El Real Museo de Ciencias Naturales mantendrá este nombre hasta 1847, en el que pasó a llamarse Museo de Historia Natural. En 1815 se redactó un reglamento para el museo y a éste se incorporaron el Real Jardín Botánico, el estudio de Mineralogía y la colección del Laboratorio de Química, así como el Observatorio Astronómico.

Se crearon en el centro las escuelas de Botánica, Zoología, Agricultura, Mineralogía y Física y Química y se introdujo la figura del Protector, que correspondía al Ministro de Estado (Barreiro, 1944). 

 

En 1818 apareció un libro divulgativo que gozó de gran popularidad, Paseo por el Gabinete de Historia Natural de Madrid, de Juan Mieg, catedrático de Física y Química en Palacio. En él, de un modo ameno y divulgativo, en forma de diálogo entre un maestro y su discípulo, el autor describía las colecciones del centro, que le servían para hacer una Zoología divulgativa de los animales que en ellas estaban representados. Un año después se impartió por vez primera la enseñanza de Anatomía Comparada, a cargo de Tomás de Villanova, que en 1824 escribirá un texto de Zoología y su obra Ornitología (Barreiro, 1944).

 

En esta época el museo experimentó un serio declive económico, de modo que a principios de 1824 se adeudaban en concepto de atrasos más de 50.000 reales, una cantidad respetable en la época. Durante los años siguientes la situación no mejoraría y la crisis del erario público hizo que en 1836 el pago del personal del museo y del Jardín Botánico se retrasara varios meses (Barreiro, 1944). Los directores de los dos establecimientos comunicaron que se verían obligados a clausurarlos si no se allegaban medios. A ello se unió la inestabilidad social y política reinante en el país y que causaba frecuentes algaradas en la capital. Más de una vez se reclamó protección para el museo, que no contaba con seguridad y estaba bajo la amenaza de las turbas que recorrían la ciudad.

 

La labor del museo prosiguió, aun en tan penosas condiciones. En 1825 se terminó la catalogación de la biblioteca y en 1828 se creó la Escuela de Taxidermia al tiempo que se recibían diversas colecciones de importancia, en particular la de minerales y rocas del príncipe de Anglona. En 1837 el museo pasó a dirigirse por una Junta Gubernativa, formada por catedráticos del establecimiento. En este año fue nombrado catedrático interino de Zoología Mariano de la Paz Graells, que ordenó una catalogación completa de los fondos del Museo en 1847. Dos años antes, en 1845, el museo había pasado a depender de la Universidad (Barreiro, 1944).

 

En 1849 el naturalista Juan Vilanova y Piera fue pensionado para realizar un viaje de formación por Europa, que le llevó a recorrer Francia, Suiza, Alemania e Italia y en el curso del cual estableció valiosos contactos, entre ellos con los científicos Saint-Hilaire y Elie de Beaumont, además de crear diversas corresponsalías y reunir una apreciable colección de minerales y fósiles que ingresaron en el museo a su regreso. Vilanova se convertirá en un paleontólogo y mineralogista de reconocido prestigio: él realizará las primeras descripciones de hallazgos de dinosaurios en España (en Utrillas, Teruel, y Morella, Castellón) y se erigirá en el principal defensor de la autenticidad de las pinturas de la cueva de Altamira cuando en 1879 las descubra el santanderino Marcelino Sáenz de Sautuola, en contra del parecer de algunos de los más notables prehistoriadores europeos de la época (Barreiro, 1944).

 

Graells fue nombrado director del Museo en 1851 y durante 16 años será el máximo responsable de esta institución y del Jardín Botánico. Dotado de gran personalidad y capacidad de trabajo, se dedicó fundamentalmente, en el terreno científico, a la entomología. Fruto de esta labor fue la descripción de numerosas especies, sobre todo de coleópteros y ortópteros. Su nombre quedó asociado a la bella mariposa isabelina, denominada por él Saturnia isabellae en honor de la reina Isabel II (más tarde, Graellsia isabelae y actualmente Actias isabellae), descubierta por Graells en 1849 en una de sus frecuentes excursiones, en esta ocasión por los pinares del Sistema Central. Graells organizó una nutrida red de corresponsales por toda la Península en un intento de conseguir ejemplares que enriquecieran las colecciones del museo. También organizó e impulsó la gran expedición española del siglo XIX, la llamada Comisión Científica del Pacífico, que de 1862 a 1865 recorrió amplias zonas del continente americano, desde Brasil, Argentina y Perú a California. En esta importante expedición participaron dos notables naturalistas del museo, Marcos Jiménez de la Espada y Francisco de Paula Martínez y Sáez (López-Ocón, 2000, 2004; Puig-Samper, 1988). Asimismo dirigió durante un corto período el Jardín de Aclimatación de Animales creado en el Jardín Botánico y que contó con el apoyo y colaboración de científicos europeos tan influyentes como Geoffroy Saint-Hilaire (Aragón, 2005). Durante este período el museo participó en la Comisión del Mapa Geológico de España, donde Vilanova y Piera tuvo un destacado papel.

 

En 1857 se dotó al museo con un nuevo reglamento. En éste se revalidaba la adscripción del centro a la Universidad Central, la unión con el Jardín Botánico y asimismo el cargo de director para Graells.

 

En 1867 se creó el Museo Arqueológico Nacional y a él pasaron las colecciones etnográficas y de antigüedades existentes en el Museo de Ciencias. Esta será una tónica que se repetirá más tarde conforme se creen otros museos, a medida que disciplinas como la Antropología y la Arqueología se vayan desarrollando en nuestro país. Así, el Museo de Ciencias ha proporcionando piezas a lo largo de su historia a instituciones como el Museo del Prado, el Museo Arqueológico Nacional, la Biblioteca Nacional, el Museo Nacional de Artes Decorativas, el Museo del Traje, el Museo Nacional de Antropología o el Museo de América, entre otros. 

 

También en 1867el Jardín Botánico y el Jardín Zoológico se segregaron del Museo de Ciencias y se puso como directores a Miguel Colmeiro y Laureano Pérez Arcas, respectivamente. Por su parte el museo quedó bajo la dirección de Lucas Tornos, con dependencia en parte del rector de la Universidad y asesorado de una Junta de Profesores. Tres años más tarde volvió a sufrir el museo una grave crisis económica por haber estado siete meses sin recibir el dinero que reglamentariamente le correspondía (Barreiro, 1944).

 

En 1871 se fundó la Sociedad Española de Historia Natural y ese mismo año Jose María Solano y Eulate publicó su Guía del Gabinete de Historia Natural. El 25 de mayo de 1875 el centro recibió la visita del rey Alfonso XII, lo que fue aprovechado por algunos de los más notables profesores del centro para recordar la falta de espacio y la necesidad de ampliar éste, rememorando el antiguo proyecto de Carlos III de crear un edificio propio que albergara las colecciones y sus dependencias. Tres años después el Museo de Ciencias participará en la Exposición Universal celebrada en París.

 

En 1879 pasó al museo la colección de crustáceos recolectados por la Comisión del Pacífico, muchos muy deteriorados, debido al tiempo transcurrido en que habían permanecido almacenados en condiciones nada idóneas, pues desde 1865 se guardaban en un salón del Jardín Botánico no demasiado apto para la conservación de las piezas. En 1886 ingresó en el centro la colección de coleópteros de Laureano Pérez Arcas, formada por más de 9.000 especies y cerca de 40.000 ejemplares (Barreiro, 1944). Ese mismo año se creó la Estación Marítima de Zoología y Botánica Experimentales, conocida como Estación de Biología Marina de Santander, impulsada por Augusto González de Linares. Su objetivo era establecer un centro que fomentase los estudios de biología marina, a semejanza de los existentes en otros países, y donde pudieran desarrollar sus investigaciones los naturalistas de nuestro país y formarse nuevos científicos, además de proporcionar ejemplares que incrementasen las colecciones del Museo de Ciencias (Barreiro, 1944).  

 

Entre sucesivas indefiniciones administrativas y una clara falta de voluntad para promover el buen funcionamiento del museo, en 1895 se emitían desde el Ministerio de Fomento dos órdenes para el traslado del centro de la sede que desde la fundación del Real Gabinete ocupaba en la calle de Alcalá. La primera, del 3 de agosto de 1895, instaba a llevar todo el material del museo al Palacio de Museos y Bibliotecas del Paseo de Recoletos (actualmente edificio de la Biblioteca Nacional y del museo de Arqueología). La segunda orden,  del 28 de septiembre del mismo año, daba un plazo de 48 horas para que el traslado se verificase a la mayor brevedad, compatible –se decía absurdamente- con la seguridad. Los más eminentes naturalistas del país, entre ellos Marcos Jiménez de la Espada, Francisco de Paula Martínez y Sáez, Ignacio Bolívar y Santiago Ramón y Cajal, dirigieron un escrito al Ministerio destacando los graves perjuicios que supondrían para el museo un traslado en esas condiciones. También se reunieron con el Presidente del Consejo de Ministros, Cánovas del Castillo, pero todo fue inútil. El museo sufrió el traslado, aunque éste se prolongó hasta el año siguiente, pues era imposible hacerlo con la premura que se había fijado, y las colecciones se amontonaron en los sótanos de la Biblioteca Nacional y el Museo de Arqueología y también, en lo que se refiere a la parte de Antropología y Entomología, en el Museo del doctor Velasco, donde se ubica hoy el Museo Nacional de Antropología. Decía el padre Barreiro:

«En semejantes condiciones dio comienzo el éxodo del Museo, desfilando por la calle de Alcalá los ejemplares del mismo conducidos en angarillas ante la curiosidad del público y la indignación de los naturalistas y Profesores. Allí, en los bajos del Palacio de Museos y Bibliotecas y sobre el mismo suelo, quedaron hacinadas y sin orden alguno por largo tiempo las colecciones que a costa de tantos gastos y de tantos sudores se habían ido reuniendo desde hacía ya más de un siglo, quedando así paralizada la vida en el Museo en el siglo XIX. Con razón pudo decir Cazurro que el Museo había muerto y que era preciso un milagro para que resurgiera de sus cenizas.» 

 

 

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